Perfil de riesgo: Clave para elegir el mejor producto de inversión
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En una inversión, ante todo, se debe mantener un control del riesgo.

Todo producto de inversión tiene un riesgo medible. Sin embargo, una vez calculado el riesgo del producto de inversión, existen muchos interrogantes:

  • ¿Encaja ese riesgo con el inversor?
  • ¿Cómo podemos saberlo?
  • ¿Estamos asumiendo más riesgo del que realmente podemos soportar?

En definitiva, deberemos, por una parte, medir el riesgo del producto y, por otra, medir el perfil de riesgo del inversor. Si ambos son compatibles, la inversión es coherente y podremos elegir el mejor producto de inversión.

El perfil de riesgo es el primer paso. Pero ¿qué es?

El riesgo siempre está presente en cualquier asunto relacionado con el dinero. Incluso si no se llega a invertir corremos riesgo, ¿por qué?

Es muy sencillo: El dinero pierde valor con el tiempo, exactamente a la velocidad a la que marca la inflación.

Por este motivo se hace necesario movilizar y gestionar nuestros ahorros mediante inversiones.

Quizá, cuando se habla de riesgo, se piense que nos estamos refiriendo a perder todo o gran parte de nuestro dinero en la inversión. La realidad es que este escenario es muy improbable. Claro está, si el riesgo es gestionado. De eso se trata, medir nuestra tolerancia al riesgo para poder gestionarlo.

Uno de los requisitos fundamentales en toda inversión es definir nuestro perfil de riesgo. En base a este perfil, el inversor puede diseñar una estrategia a su medida. Sin sobresaltos.

También es posible que se pregunte cómo es posible realizar inversiones en activos que puedan perder valor. Para responder a esta pregunta, en principio, deberíamos hablar de la liquidez de las inversiones y el riesgo que conlleva.

La liquidez, no es ni más ni menos que la posibilidad de deshacer la inversión sin tener que “malvender” nuestros activos. Es posible que un inversor desee deshacerse de sus acciones porque necesita el dinero para otros fines. En este caso, la liquidez está servida (ojo, dependiendo de qué acciones y qué cantidad) puesto que las acciones cotizan en un mercado organizado.

Si las acciones no cotizaran en un mercado sería muy difícil venderlas a “su precio justo”. En caso de que el inversor necesite deshacerse de ellas tendrá que llegar a un acuerdo con un comprador, el cual es probable que insista en bajar el precio ante nuestra presión por venderlas. Esto también constituye un riesgo: “el riesgo de liquidez”.

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Con esta perspectiva, los fondos de inversión son el producto más líquido existente. La sociedad gestora del fondo nos garantiza la compra de participaciones cuando deseemos y las que deseemos, al precio que se encuentren publicadas (el precio de las participaciones depende del precio de los activos de la cartera de inversión del fondo). Así como el reembolso del dinero cuando decidamos venderla. El inversor no debe preocuparse por la liquidez.

Para eliminar el riesgo de liquidez es necesario que los activos coticen en un mercado. Al cotizar en un mercado su precio fluctúa, su rentabilidad fluctúa, e incluso pueden depreciarse. Es la contraprestación que se debe asumir por obtener liquidez. A esto se le conoce como “riesgo de mercado”.

No existe una inversión que sea a la vez rentable, líquida y sin riesgo. Todas las inversiones flojean en alguno de estos elementos (algunas en dos, e incluso los tres). El inversor debe asegurarse la liquidez y la rentabilidad ajustando el riesgo (nos referimos al riesgo de mercado).

¿Pero cuál es el riesgo al cual deberá ajustarse? En este punto es dónde entra en juego el tema que hoy nos ocupa.

Cada inversor tiene unas características diferentes, busca un objetivo diferente, a un plazo temporal diferente. Por ello debe definir bien qué nivel de riesgo es el que mejor se adapta a sus cualidades. Esto es los que definimos como “perfil de riesgo de un inversor” y es un paso fundamental en el diseño de una estrategia de inversión. Es el punto de partida.

¿Por qué es importante el perfil de riesgo?

Cómo acabamos de explicar, una inversión puede tener un riesgo de mercado. Si no fuese así carecería de liquidez, tal y como ocurre con los depósitos bancarios, en los que se suman el riesgo de liquidez y el riesgo de inflación.

Estos productos, en ocasiones, no llegan a rendir la tasa de variación del Índice de Precios al Consumo (IPC). En otras palabras, la inflación es mayor que la rentabilidad que obtenemos.

Se obtiene una rentabilidad real negativa por tener el dinero inmovilizado (existen penalizaciones si se retira el depósito antes de la fecha de vencimiento). No existe liquidez, ni rentabilidad real. Eso sí, no tenemos riesgo de mercado.

Con lo cual se concluye que una inversión sin riesgo no tiene rentabilidad; y viceversa. La cuestión es que el riesgo de mercado, como tantos otros, es medible. Por lo tanto, el inversor puede saber a qué nivel de riesgo se está enfrentando, para después determinar si está dentro de su perfil.

Cuanto más riesgo presente una inversión, mayor rentabilidad exigirán los inversores para compensarlo. Por consiguiente, los productos más rentables serán los que más riesgo presenten.

Calcular el perfil de riesgo es importante por dos motivos:

  1. Porque nos permite invertir en los activos y productos financieros que presenten un riesgo adaptado. Mantenemos el riesgo bajo nuestro control.
  2. Porque en base a él podremos definir nuestro objetivo de rentabilidad. Es el elemento que vertebra la estrategia de inversión.

Muchas veces pensamos en la rentabilidad sin tener en cuenta el riesgo, este es el motivo que induce a pensar en las inversiones como algo menos que apuestas.

Es un error.

Si el inversor tiene claro su perfil de riesgo, adaptará su inversión al mismo. Teniendo en cuenta los demás factores, como por ejemplo la rentabilidad que puede esperar, de un modo realista. Por ello es importante este concepto. Es más que importante, es la clave para elegir el mejor producto de inversión.

Si invertimos en un activo que, según nos prometen, puede retornarnos un 20% anual sin tener en consideración el riesgo que presenta, podemos tener sorpresas desagradables.

Otra cosa distinta es que el inversor conozca el riesgo y sea consciente que se puede permitir este tipo de inversión, tan rentable pero arriesgada. En este caso puede decidir, por ejemplo, destinar una pequeña suma del total de sus ahorros. De cualquier modo, directo o indirecto, está gestionando su riesgo.

Recordemos la siguiente frase:

“El buen inversor es el que asume un riesgo inteligente, adaptado a sus objetivos y trata de buscar los mejores retornos ajustados a ese nivel de riesgo”

¿Cómo se calcula el perfil de riesgo?

Básicamente, existen unas categorías de riesgo estandarizadas y esquemáticas. Dichas categorías, o perfiles de riesgo, sirven para catalogar al inversor de un modo inicial, para después ir afinando.

En realidad, un inversor puede ser competitivo, exigente, buscador de riesgo, pasivo, tradicional, cauteloso, adverso al riesgo, preocupado, ambicioso, voluble, pragmático, etc.

Sin embargo, esto son cuestiones más detalladas.

Sea como sea el carácter del inversor, encajará con uno de los perfiles de riesgo estándares y se podrá construir una inversión modelo adaptada.

El binomio rentabilidad-riesgo de una inversión nacerá de los productos que se seleccionen. Para acotar estos productos, se parte de un nivel de riesgo máximo que pueda ser asumido por el inversor, es decir, su perfil de riesgo. En función de este perfil, que actúa como barrera protectora, se intenta conseguir la mejor rentabilidad.

En concreto, un inversor puede encajar entre uno de estos perfiles:

  • Conservador (riesgo bajo)
  • Moderado (riesgo medio)
  • Agresivo (riesgo alto)

Las fronteras entre un perfil y otro no están estrictamente definidas. Es trabajo de un asesor financiero indagar en el inversor para definir qué perfil de riesgo tiene y poder ejercer su trabajo con efectividad.

Los asesores financieros utilizan métodos para calcular el perfil de riesgo. Para ello tienen en cuenta ciertas características del inversor como: Su edad, sus ingresos, el horizonte temporal de la inversión, sus necesidades financieras a medio plazo, su tolerancia psicológica a las pérdidas, condicionantes sociales, capacidad de generar ingresos, conocimientos financieros, situación fiscal, patrimonial, familiar y las expectativas de rentabilidad.

Actualmente, gracias a la tecnología, existen herramientas que pueden realizar esta labor con mayor rapidez y con menores costes para el inversor.

En definitiva, se trata de realizar cálculos en base a la situación personal y económica concreta de una persona. Los cálculos son procesados y se cuantifica todo numéricamente, para posteriormente aplicar un cierto componente de criterio humano.

Una herramienta informática puede hacer gran parte de este trabajo; y dejar la puerta abierta para que el asesor aplique un criterio no cuantitativo, un juicio humano como último filtro. El resultado es una mayor eficacia.

Estas herramientas, denominadas asesores financieros informatizados o “robo advisor”, han conseguido el acercar al inversor minorista un asesoramiento financiero de una calidad superior.

Es una necesidad determinar nuestro perfil de riesgo como el primer paso, y factor clave para elegir el mejor producto de inversión.

No sabes invertir y lo sabes
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Economista y PDD por el IESE. En 1995 constituí una empresa pionera en España para la implantación de Internet en empresas, y siempre he trabajado desde este campo para ofrecer soluciones innovadoras a través de la red. Me interesa cómo la gente usa Internet para relacionarse y el cambio que ha supuesto en el mundo, así como el SEO, el Lean Start up y cómo se pueden lograr servicios masivos e innovadores con costes contenidos en situaciones de grandes economías de escala. Estoy acostumbrado a constituir y liderar en equipos de alto rendimiento en entornos competitivos, internacionales, multidisciplinares, competitivos, innovadores y complejos, donde la rentabilidad, durabilidad, rapidez de respuesta y adaptación al cambio constituyen factores claves en la consecución de resultados para el resto de accionistas.
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